Un equipo de investigadores ha identificado un mecanismo molecular que podría ayudar a explicar cómo ciertas alteraciones biológicas terminan amplificándose en el cerebro hasta afectar a circuitos relacionados con el trastorno del espectro autista. El estudio, publicado el 25 de febrero de 2026 en la revista científica Molecular Psychiatry por científicos de la Universidad Hebrea de Jerusalén, describe una cadena bioquímica que podría desencadenar un efecto en cascada dentro de las neuronas.
El hallazgo se centra en el óxido nítrico, una pequeña molécula que normalmente participa en la señalización del sistema nervioso. Según los investigadores, en determinadas circunstancias esta señal química puede modificar una proteína llamada TSC2 mediante un proceso conocido como S-nitrosilación. Esa modificación favorece que la proteína sea degradada, lo que elimina su papel regulador sobre la vía mTOR, un sistema fundamental que controla el crecimiento celular y la producción de proteínas dentro de las células.
Cuando TSC2 desaparece o pierde su función, la vía mTOR queda hiperactivada. Esta alteración afecta al equilibrio interno de las neuronas y puede modificar procesos esenciales del desarrollo cerebral. Los autores del estudio describen este fenómeno como un efecto dominó molecular: una señal química aparentemente normal termina desencadenando una cadena de cambios que alteran el funcionamiento neuronal.
Para investigar este mecanismo, el equipo utilizó dos modelos murinos ampliamente empleados en investigación sobre autismo, asociados a los genes Shank3 y Cntnap2. En ambos casos detectaron un aumento de la modificación química de TSC2 y una activación excesiva de la vía mTOR en las neuronas. Cuando bloquearon farmacológicamente la enzima neuronal que produce óxido nítrico, observaron que el proceso se detenía y que los marcadores moleculares volvían a niveles más cercanos a los normales.
Los investigadores también introdujeron en los animales una versión modificada de la proteína TSC2 diseñada para resistir esa modificación química. En los modelos de ratón con mutaciones en Shank3, esta intervención redujo tanto la activación de mTOR como varios comportamientos asociados a los fenotipos experimentales de autismo. Además, cuando activaron artificialmente la vía mTOR en ratones sanos, aparecieron alteraciones conductuales similares a las observadas en los modelos de autismo, lo que refuerza el papel central de esta ruta celular.
El estudio incluye también un análisis preliminar de muestras humanas. En plasma de niños con autismo se detectaron niveles reducidos de TSC2 y signos de mayor actividad de la vía mTOR en comparación con individuos con desarrollo típico. Los autores advierten, no obstante, que estos resultados proceden de muestras pequeñas y que todavía no pueden considerarse un biomarcador clínico validado.
Este trabajo encaja con investigaciones previas que ya habían relacionado el óxido nítrico con alteraciones neuronales en modelos experimentales de autismo. La novedad del estudio es que propone un mecanismo molecular concreto que conecta esa señal química con la desregulación de la vía mTOR, un sistema que desde hace años aparece implicado en distintos trastornos del neurodesarrollo.
El autismo sigue siendo un espectro extremadamente complejo, con múltiples causas biológicas y genéticas posibles. Este descubrimiento no explica todos los casos ni constituye una herramienta diagnóstica inmediata. Sin embargo, identificar con precisión una cadena molecular manipulable experimentalmente ofrece una pista importante para futuras investigaciones y abre la posibilidad de explorar terapias dirigidas a subgrupos concretos de pacientes.
En neurociencia, comprender cómo pequeñas señales químicas pueden alterar redes neuronales enteras suele requerir décadas de trabajo acumulado. Este estudio no resuelve el enigma del autismo, pero sí ilumina uno de los mecanismos que podrían estar participando en su compleja arquitectura biológica.