Hay una escena recurrente en oncología: el cáncer aprende a viajar, y uno de sus peajes favoritos son los ganglios linfáticos. Ahí no solo se esconde: también apaga parte de la respuesta inmune. Y cuando intentamos reactivar esa respuesta con inmunoterapia sistémica (por vía intravenosa), pagamos otro peaje: toxicidad por todo el cuerpo.
Un equipo de McGill University y el Rosalind & Morris Goodman Cancer Institute propone una salida elegante a ese dilema: encapsular un fármaco inmunoterapéutico ya conocido dentro de nanopartículas bioresponsivas que circulan por la sangre, llegan a los ganglios y solo activan el tratamiento en los ganglios afectados.
El trabajo, publicado en PNAS y probado en modelos preclínicos en ratón, describe un “nanocomplejo” modificado con CCR7 (un receptor asociado al tráfico hacia tejidos linfáticos) para favorecer el direccionamiento a ganglios. La clave es el “seguro”: el sistema está diseñado para liberar anticuerpos anti-PD-1 cuando detecta niveles elevados de glutatión, una señal característica del microambiente de los ganglios con metástasis. En tejidos sanos, la idea es que el fármaco permanezca inactivo y termine degradándose, reduciendo activación inmune donde no toca.
En dos modelos murinos, los autores reportan activación selectiva de respuestas antitumorales mediadas por células T dentro de los ganglios metastásicos, con inhibición del crecimiento tumoral y aumento de la supervivencia, además de menos efectos adversos frente a la administración estándar. La ambición clínica detrás de esto es clara: si puedes tratar el ganglio sin “bombardear” el cuerpo, quizá puedas subir dosis eficazmente sin convertir al paciente en un campo de batalla inflamatorio.
Hay otro detalle que me importa, casi por principios: los ganglios no son “piezas prescindibles”. Muchas veces se extirpan para controlar la enfermedad o estadificarla, pero son órganos de entrenamiento inmunológico. Preservarlos —si se puede— no es romanticismo biológico: es mantener infraestructura defensiva.
Dicho esto, conviene no caer en el titular fácil. Esto no es un tratamiento disponible, ni una promesa cerrada: es un enfoque experimental con resultados preclínicos, y el propio equipo señala que está evaluando seguridad en más estudios antes de hablar de ensayos en humanos. Pero como concepto, apunta a una tendencia que cada vez suena más razonable: no solo importa qué fármaco das, sino dónde y cuándo lo dejas “despertar”.
Si el cáncer aprendió a usar rutas, la medicina está aprendiendo a usar direcciones.