Cuando cae la noche, algunos árboles bajan las “pestañas”. No tienen párpados, claro; pero sus ramas y hojas descienden unos centímetros con una regularidad sorprendente, y al amanecer recuperan la postura erguida. La imagen es tan sugerente que hablamos de “sueño” arbóreo. ¿Es sólo una metáfora bonita o la biología está diciendo algo más profundo?
Láseres en el bosque: cómo se descubrió el “bajón” nocturno
El punto de inflexión llegó con los escáneres láser terrestres, capaces de medir con precisión milimétrica la geometría de una copa durante horas. En estudios pioneros con abedules plateados en Finlandia y Austria, los investigadores observaron que las puntas de las ramas descendían durante la noche y alcanzaban su mínima altura entre 9 y 11 horas después de la puesta de sol. La magnitud del movimiento rondaba varios centímetros y el patrón se repitió de forma sistemática cuando no había viento ni perturbaciones.
Trabajos posteriores confirmaron que no todos los árboles “duermen” igual: hay diferencias en cuánto bajan, a qué hora tocan “fondo” y qué tan rápido “despiertan”. Pero la tendencia general —descenso nocturno y recuperación al alba— se mantiene.
¿Sueño… o hidráulica y relojes internos?
En botánica existe desde hace siglos el término nictinastia: movimientos diarios de hojas u órganos impulsados por cambios de turgencia y controlados por ritmos endógenos. Es visible en leguminosas que “cierran” el follaje al anochecer, y en otras plantas no vasculares. En árboles, la escala es más sutil, pero la lógica fisiológica es similar.
Durante el día, la transpiración “tira” de la columna de agua y el tejido interno se contrae ligeramente; de noche, con estomas cerrados y menor demanda evaporativa, se recargan las reservas hídricas y el diámetro del tallo vuelve a expandirse. Dendrómetros de alta precisión lo registran como ciclos diarios de encogimiento y expansión.
La nictinastia foliar, la mecánica hidráulica y un reloj circadiano vegetal convergen. Distintos trabajos en chopos y álamos muestran que el reloj interno no sólo coordina cuándo se abren o cierran los estomas, sino también hitos del crecimiento y la fenología. En otras palabras: hay una agenda molecular que orquesta funciones, y la postura nocturna parece estar en la lista.
¿Para qué les sirve “bajar” las ramas?
No hay una única función demostrada para todos los árboles, pero la literatura plantea hipótesis plausibles:
- Ahorro energético y protección de tejidos sensibles al frío nocturno.
- Optimización hidráulica, facilitando la reposición de agua.
- Reducción de herbivoría o gestión térmica del follaje, según el hábitat.
¿Crecen más por la noche?
La evidencia señala que el crecimiento radial irreversible del tronco —cuando el diámetro gana de verdad y no sólo por agua— se concentra en condiciones nocturnas, sobre todo cuando el déficit de presión de vapor es bajo y el árbol puede mantener alta la turgencia celular. Bajo sequía, ese crecimiento puede quedar prácticamente restringido a la noche.
Esto no significa que un árbol “trabaje” sólo de noche; la fotosíntesis aporta carbono de día y el balance final depende del clima, la especie y el suelo. Pero si quiere imaginar “cuándo se hace la madera”, la madrugada es una buena apuesta.
Cómo se mide el “sueño” de un árbol
- Escaneo láser terrestre: reconstruye la copa en 3D con precisión milimétrica y permitió descubrir el fenómeno del descenso de ramas.
- Dendrómetros: abrazan el tronco y registran su diámetro las 24 horas. Diferencian cambios elásticos por agua y crecimiento irreversible.
Ambas herramientas coinciden: de día se consume agua y el árbol se “aprieta”; de noche se recarga y se “relaja”. En varias especies, esa relajación incluye un leve abatimiento de ramas y hojas que, a escala humana, interpretamos como sueño.
Lo que aún no sabemos (y por qué importa)
- Variabilidad entre especies y climas: los patrones difieren y aún falta mapear coníferas frente a frondosas.
- Efecto del cambio climático: noches más cálidas y secas alteran la ventana óptima para crecer.
- Mecanismos celulares finos: falta conectar genes específicos con la biomecánica de ramas y pecíolos a escala de árbol entero.
Un experimento mental (y uno real)
Si esta noche se acerca a un abedul con una cinta métrica, no verá magia; verá milímetros. La belleza del fenómeno no está en lo vistoso, sino en su consistencia: un latido que sincroniza agua, genes y madera. Y si de verdad quiere “verlo”, la receta es científica: un trípode, un escáner láser o un buen dendrómetro… y paciencia.
Mientras tanto, la próxima vez que pasee al amanecer y note las copas “desperezándose”, estará observando una coreografía cotidiana que la ciencia apenas empieza a desentrañar. A algunos les gusta llamarlo sueño. A mí —permítame la licencia— me gusta llamarlo rutina.