Un estudio científico publicado el 5 de agosto de 2024 propone una idea tan elegante como polémica: que la Pirámide Escalonada de Djoser (Saqqara) pudo levantarse, al menos en parte, usando un mecanismo de elevación asistido por agua. No hablamos de “máquinas” modernas ni de bombas industriales, sino de ingeniería hidráulica aplicada al paisaje, al control del caudal y a la arquitectura interna del monumento.
La hipótesis aparece en PLOS ONE bajo el título On the possible use of hydraulic force to assist with building the step pyramid of saqqara (Landreau y colaboradores). Su planteamiento central es que algunas estructuras del complejo —durante décadas difíciles de interpretar— encajan mejor si se entienden como piezas de un sistema hidráulico funcional.
Según el trabajo, el recinto de Gisr el-Mudir (una gran estructura de piedra cercana) podría haber actuado como una presa o dique de retención, capaz de canalizar agua y sedimentos en episodios de crecida. A esa pieza se sumaría el llamado “Dry Moat” (foso seco) que rodea sectores del complejo y que, en esta lectura, no sería solo un elemento simbólico o defensivo: ciertas secciones internas podrían haber servido para decantar sedimentos y “acondicionar” el agua antes de conducirla hacia el área de obra.
El salto más ambicioso llega con la interpretación de la arquitectura interna de la pirámide. Los autores sostienen que dos grandes ejes o compartimentos internos serían compatibles con un sistema donde el agua, al llenar cámaras o conductos, habría permitido elevar cargas mediante flotación o empuje, algo parecido —en concepto— a un ascensor hidráulico primitivo. En su metáfora, el edificio crecería “desde dentro”, con los bloques ascendiendo por el centro en una dinámica casi volcánica.
Si esto fuese correcto, la novedad no sería que el Antiguo Egipto “conociera el agua” (eso es indiscutible: canales, riego, transporte fluvial…), sino que habría aplicado esa lógica hidráulica a un problema distinto: ganar altura con grandes bloques reduciendo la dependencia de rampas externas masivas, arrastre y fuerza humana directa en todo el recorrido.
Ahora bien: el propio impacto mediático de la idea ha venido acompañado de un riesgo clásico: la exageración. El estudio presenta una hipótesis apoyada en interpretación arquitectónica, análisis del terreno y plausibilidad ingenieril, pero no equivale a haber encontrado “el ascensor” intacto, ni mecanismos conservados, ni una prueba única que cierre el debate por sí sola. Por eso, parte de la conversación científica se ha movido entre el interés genuino (“encaja sorprendentemente bien con piezas raras del sitio”) y el escepticismo (“la evidencia directa aún es limitada y hay explicaciones alternativas”).
Lo importante —y lo más honesto— es entender qué cambia realmente con esta propuesta: abre una vía concreta y comprobable de investigación. Si el sistema existió, debería dejar huellas medibles: patrones de erosión, depósitos, conductos coherentes, señales de circulación y control de agua, y compatibilidad estricta con cronologías de construcción. Si no existió, el mismo proceso de contrastación ayudará a depurar interpretaciones previas sobre estructuras que siguen siendo enigmáticas.
Djoser fue el gran salto de Egipto hacia la monumentalidad en piedra. Que ese salto se apoyase no solo en organización y mano de obra, sino también en una ingeniería del agua más sofisticada de lo que solemos imaginar, es una posibilidad que merece ser discutida con rigor: sin mitología tecnológica, pero también sin subestimar a una civilización que convertía el Nilo en infraestructura.